10. Muerte de Carrero


Así pues, se celebró el juicio, en una atmósfera de terror en la que los acusados y sus defensores sufrirían incluso amenazas de linchamiento. Esto fue así, porque quince minutos antes de la hora en que debía comenzar el juicio, Carrero Blanco era asesinado por un comando de ETA. Una bomba colocada bajo el suelo de la calle por la que iba a pasar hizo saltar por los aires al automóvil donde viajaba, que cayó por encima de la iglesia en la que había estado momentos antes.

El pánico se extendió de golpe por los círculos oficiales. Gracias a su atentado, minuciosamente prepa-rado, ETA parecía haber desbaratado los planes del régimen, tan cuidadosamente trazados. El asesinato estaba dirigido a intensificar las latentes divisiones entre las fuerzas del régimen, como indicaba claramente el comunicado de ETA en el que se aceptaba la responsabilidad por la muerte de Carrero: "Luis Carrero Blanco, hombre duro y violento en sus actitudes represivas, era la clave que garantizaba la estabilidad y continuidad del sistema franquista. Es seguro que sin él las tensiones en el Gobierno entre la Falange y el Opus Dei se intensificarán." En realidad, no parece probable que Carrero hubiese sido capaz de impedir a la larga el choque entre los partidarios de una política reaccionaria y los de una economía moderna. Y es evi-dente que una vez muerto, las tensiones aparecieron rápidamente.

En cierto sentido, el régimen salió con bastante facilidad de la confusión creada por la muerte de Carrero. Fernández Miranda manejó los mecanismos constitucionales necesarios con habilidad y calma. Esto y la ausencia de alteraciones importantes del orden fueron la base, evidentemente, de las numerosas expresiones de autofelicitación referentes a la madurez política del pueblo español, lanzadas en aquellas fechas por los portavoces oficiales.

En realidad, no todo pudo resolverse tan fácilmente. Pareció que el director de la Guardia Civil, general Iniesta Cano, intentó dar algo parecido a un golpe: ordenó a los comandantes locales que ocupasen las capitales de provincias y que disparasen contra los izquierdistas a la menor señal de manifestaciones. La iniciativa conjunta del jefe del Estado Mayor , general Manuel Díez Alegría, que era más liberal, y del ministro de gobernación, Arias navarro, de asumir el control de la situación previno el derramamiento de sangre.

Quedaban muchas preguntas sin respuesta con el asesinato de Carrero. Parecía extraño que tras el atentado no se hubiesen establecido controles en el aeropuerto de Barajas o en las carreteras de salida de madrid durante las cinco horas siguientes a la explosión. Había un sentimiento de extrañeza generalizado sobre el hecho de que los preparativos para la explosión, tan complejos, hubiesen sido realizados con tanta facilidad en una zona en la que se hallaba la embajada de Estados Unidos y numerosos edificios oficiales. Era más bien singular que las investigaciones de los servicios de seguridad anteriores a la visita de Kissin-ger, un día antes, no hubiesen revelado nada.

A la luz de fallos tan asombrosos en el sistema de seguridad, pareció increíble que Franco nombrase sucesor de Carrero al responsable de la seguridad, Arias Navarro. Quizá se había redimido a sí mismo por la rapidez con que forzó al general Iniesta Cano a renunciar al envío de un telegrama a los mandos de la Guardia Civil en provincias y que obligó a Blas Piñar a mantener a sus hombres fuera de las calles. No obstante, fue inevitable, quizá, que se especulara mucho sobre el mensaje de fin de año que Franco en el que dijo: No hay mal que por bien no venga. Probablemente Arias debió su nombramiento a una presunta amistad personal con Franco y con su mujer y al hecho de que La Vanguardia lo hubiese calificado como el hombre más duro del anterior gobierno. Aparte del lapsus de la muerte de Carrero, Arias, como ministro de la Gobernación, había logrado varios grandes éxitos contra ETA y el PCE.

El nombramiento de Arias no dejó dudas : se emplearía la fuerza bruta frente a cualquier amenaza contra el orden establecido. La inclusión en el gabinete de tres vicepresidentes, los ministros de Gobernación, Hacienda y Trabajo, indicaba que las principales preocupaciones del Gobierno tenían que ver estrechamente con los problemas de la inflación, del descontento de la clase trabajadora y de la cuestión del orden público.

Cuando se hicieron recaer los aumentos del costo de la energía prácticamente, y de manera indiscriminada, en el consumidor, se produjo un descenso significativo de la capacidad adquisitiva de las clases trabajadoras, con el consiguiente aumento de la militancia. En el primer trimestre de 1974 los precios de la electricidad subieron un 15 por 100, los del petróleo un 70 por 100, los del gas butano un 60 por 100 y los transportes un 33 por 100. No es de extrañar, pues, que se produjera el nombramiento de un duro a la cabeza del Ministerio de Gobernación.

9.-Se agudiza la crisis 11.-El espíritu del 12 de febrero