14. La monarquía


Pero el éxito estaba lejos de ser inevitable. Es posible que la historia estuviese del lado de las fuerzas progresistas que aspiraban a avanzar hacia la democracia. Sin embargo, en los primeros momentos tras la muerte de Franco, el búnker, atrincherado en el ejército, la policía y la guardia civil, tuvo mayor potencia de fuego. Más de 100.000 falangistas seguían poseyendo licencia de armas. En gran medida, la solución de la crisis sin que se produjera una matanza a gran escala dependía de la habilidad de Juan Carlos, de los ministros que él eligiese y de los líderes de la oposición.

El Rey se enfrentaba a un dilema terrible. Había muchos factores en favor de la democratización. Juan Carlos no podía ignorar que importantes sectores del capitalismo español estaban ansiosos por abandonar los mecanismo políticos del franquismo. Optar audazmente por esta solución significaba obtener un amplio apoyo popular. Con todo, tampoco ignoraba que el búnker seguía teniendo fuerza y que él mismo se veía atado por lo mecanismo de la constitución franquista. Así pues, en los primeros momentos de su reinado avanzó con cautela.

Los izquierdistas estaban controlados y el búnker se sentía optimista. Después de todo, tal comoel búnker lo veía, el que Juan Carlos pudiera presidir la restauración de la democracia en España significaría renegar de su herencia y de su educación. Como Blas Piñar voceó esperanzado, "no se trata de una restauración monárquica, sino del establecimiento de una monarquía franquista nueva que no tiene tras de sí otro pensamiento que no sea el de la victoria nacional en la guerra civil". Al excluir de España a la monarquía durante cuarenta años, y por su arrogancia al nombrar a su propio sucesor, pareció que Franco había acabado con cualquier neutralidad política que Juan Carlos pudiera haber gozado, y que, asimismo, había socavado los otros dos atributos de la monarquía, la continuidad y la legitimidad. No fue sorprendente que la izquierda recibiese la noticia de la transición con titulares, en sus publicaciones clandestinas, como los siguientes: ¡No a un Rey impuesto! o ¡No a un Rey franquista!.

La supervivencia a largo plazo de Juan Carlos dependía de que pudiese llegar a un compromiso con el cada vez más fuerte deseo de los españoles de vivir en democracia, pero Franco había embrollado las cartas constitucionales de tal manera que las posibilidades de acción del Rey eran extremadamente difíciles. Las instituciones del régimen, el Consejo del Reino, el Consejo Nacional del Movimiento y las Cortes, se hallaban en manos de franquista convencidos, y detrás de ellos estaban el ejército y la guardia civil Por otro lado, existía una apoyo internacional en favor de un proceso de democratización; y en la misa de la coronación el cardenal Enrique y Tarancón había hecho partícipe al Rey de las esperanzas populares, cuando le había exhortado a convertirse en "Rey de todos los españoles".

Su primer gobierno fue, a primera vista, bastante decepcionante para aquellos que tenían esperanzas de reforma. Presidido por Arias, incluía a gran número de elementos de la línea dura. Pero había cierto número de innovaciones significativas: Manuel Fraga, en Gobernación; Areilza, en Asuntos Exteriores, y Antonio Garrigues, en Justicia. Todos ellos eran hombres comprometidos, como era sabido, con el cambio. Y todos ellos, como varios otro ministros, habían sido antes o después representantes de los intereses de importantes empresas españolas o de importantes corporaciones multinacionales, como la United States Steel, IBM, Rank Xerox y General Electric.

Nunca como entonces los interese del gran capitalismo habían tenido una representación tan visible en el Gobierno español. Lo que parecía sugerir que, pese al búnker, se entreveía en lontananza algún tipo de cambio. Gran significado tuvo también ,en todo caso, el nombramiento de Torcuato Fernández de Miranda como presidente de las Cortes. Su capacidad para la intriga política, su conocimiento de las leyes constitucionales franquistas y su relativa familiaridad con toda la élite política franquista hacían de él un perfecto guía para el laberinto en el que Juan Carlos estaba atrapado.

La reacción de la cada vez más amplia coalición de la oposición era la de denunciar lo que consideraban como meros ejercicios para la continuidad. Como alternativa, la oposición propugnaba un rápido y total apartamiento del franquismo, la llamada ruptura democrática. El Gobierno esperaba realmente poder conceder a los españoles la gracia, de manera paternalista, de una moderada democratización que pudiese resolver la crisis sin provocar al búnker. Pero esto quedaba muy lejos de las demandas de la oposición, que deseaba una total amnistía política, la legalización de todos los partidos políticos, sindicatos libres, el desmantelamiento del movimiento y de los sindicatos y elecciones libres. Los próximos dieciocho mese iban a presenciar una prueba de fuerza entre ambas opciones. De la amenaza de la agitación popular, por un lado, y de la amenaza del búnker y del ejército, por el otro nació la democracia en 1977.

No pasó mucho tiempo para que el primer gobierno de Juan Carlos se viese forzado a constatar que sólo un compromiso más claro con las formas democráticas podría evitar serios peligros para el sistema en vigor. En los primeros meses de 1976 se produjeron manifestaciones masivas en favor de la amnistía de los presos políticos y se multiplicaron las huelgas laborales de grandes dimensiones. Esto se debía, en parte, al llamamiento comunista en favor de una "acción democrática nacional", pero sobre todo reflejaba la exigencia de las masa populares de un cambio político.

En enero, Madrid quedó paralizado por una oleada de huelgas organizadas por Comisiones Obreras. En febrero, la Assemblea de Catalunya movilizó a más de 100.00 personas en manifestaciones de masas en pro de la amnistía, a lo largo de varios domingos sucesivos. En marzo se convocó a una huelga general en el País Vasco, organizada por un variado espectro de fuerzas políticas locales que incluía a ETA, ELA, LAB y LAIA, como protesta por la muerte por la policía de cinco personas en Vitoria. Los dirigentes comunistas hubieron de aceptar el hecho de que las posibilidades para una "acción democrática nacional" quedaban limitadas a Madrid y Barcelona, pues la situación en el País Vasco era incontrolable. Se vio así la necesidad urgente de llegar a una unión más estrecha con la Plataforma de Convergencia Democrática. Al abandonar la insistencia comunista en una ruptura total y en la marcha de Juan Carlos, Carrillo se vio recompensado con la fusión, el 4 de abril, de la Junta y de la Plataforma, pera forma Coordinación Democrática.

El fortalecimiento de la oposición causó honda preocupación en el Gobierno. Los acontecimientos de Vitoria habían dañado gravemente la credibilidad de Fraga como reformista y, en una dramática vuelta a estilos pasados, llegó a obsesionarse por el restablecimiento de la ley y el orden. El Gobierno persistía en su empeño de preparar como fuese una nueva ley de asociaciones políticas, sin enterarse, al parecer, de que su plan de reforma limitada había encallado hacía tiempo. La oposición, por su parte, estaba dándose cuenta de que un derrocamiento total y radical del franquismo no sólo era difícil de llevar a cabo, sino que además, probablemente, podría conducir a otra guerra civil. Esto fue evidente cuando el PCE decidió abandonar la idea de la ruptura democrática y aceptar con el PSOE y los democristianos la idea de ruptura pactada. La creación de Coordinación Democrática implicaba, efectivamente, una valoración más realista de los límites de la acción de masa y un giro hacia una ampliación del frente de la oposición, con el fin de incluir en él al centro e incluso a grupos de centroderecha, con el fin de aislar simultáneamente al Gobierno.

13.-Recomposición del Gobierno 15.-El gobierno Suarez