1. La agonía del Franquismo


A fines de los años sesenta había muy pocos españoles politizados, tanto entre los franquistas como entre sus enemigos, capaces de prever que, después de Franco, habría una transición a la democracia.

A la vista de lo que ocurrió, el paso de la dictadura a las elecciones de junio de 1977 se convirtió en una intensa búsqueda del control entre las fuerzas unidas de la oposición antifranquista y algunos de los elementos más hábiles y liberales del franquismo.

Habría sido difícil profetizar la naturaleza de tal proceso desde la perspectiva de 1969. La oposición, pese a las frecuentes iniciativas comunistas, aparecía entonces aún más dividida que cuando Carrillo lanzó por primera vez la idea de Reconciliación Nacional de 1956. Para un observador ocasional, la izquierda parecía estar muy debilitada por la gimnasia pro china de los grupos ultraizquierdistas de reciente aparición. Pese al fortalecimiento de los sindicatos clandestinos y al aumento del descontento estudiantil, las fuerzas del régimen parecían tener un futuro relativamente asegurado.

La posibilidad de que pudiese instaurarse la democracia en España, gracias a un consenso entre la oposición unida y los representantes políticos de la burguesía progresista, era en 1969 un concepto confinado a las páginas de una revista de exiliados, conciencia de la izquierda culta, Cuadernos de Ruedo Ibérico, donde Fernando Claudín, expulsado del PCE por herejía en 1964, propuso precisamente un escenario semejante, aunque su visión tuviera entonces escaso eco.

Mientras la nueva izquierda se ejercitaba en las tácticas terroristas del nechayevismo(*), la izquierda moderada aceptaba, en mayor o menor medida, el punto de vista comunista, según el cual la democracia sólo llegaría cuando existiese un frente suficientemente amplio como para barrer a la dictadura y a sus beneficiarios por medio de la acción de masas a través de huelgas y manifestaciones.

Por el lado de la derecha, existía la determinación de salvar lo salvable. Desde fuera, la élite franquista parecía tener confianza en que nunca se vería obligada a negociar con sus enemigos de la izquierda. De todos modos, había ya señales de que la élite temía que los tiempos dorados de la corrupción y de la represión impune caminaban hacia su fin.

El temor de lo que ocurriría cuando Franco muriese afectó a los diferentes sectores de las fuerzas del régimen de manera distinta. Los falangistas de la línea dura, atrincherados en la burocracia estatal y sindical, la Policía y la Guardia Civil, tenían intención de defender la dictadura y sus propios privilegios hasta el final. Desde los peces gordos que habían acumulado inmensas fortunas gracias al régimen, los llamados cleptócratas, hasta los simples serenos y porteros que creían que la continuidad de su empleo era consustancial con la dictadura, existía un sentimiento creciente de que el franquismo había de ser defendido como el hitlerismo lo había sido en los últimos días de Berlín : desde un búnker.

Tales temores no harían sino aumentar en intensidad después de 1973, pero la sensación de asedio creció ante la evidencia de que otros elementos del régimen trataban de sobrevivir y preparaban algún tipo de entendimiento con los enemigos de ayer.

Los antaño seguros soportes del régimen parecían estar cediendo. Desde el más humilde cura obrero hasta los miembros de la jerarquía, la iglesia católica mostraba signos de una inquietante benevolencia hacia las aspiraciones de los regionalistas y de la clase trabajadora. Era sabido que algunos empresarios negociaban secretamente con las ilegales Comisiones Obreras en vez de con los sindicatos estatales. Incluso en los más cerrados círculos del Gobierno había aperturistas que querían liberalizar lo suficiente para permitir que el régimen sobreviviera. A diferencia del búnker, los aperturistas constataban que los notables cambios sociales y económicos de los diez años anteriores habían convertido las estructuras políticas del franquismo en algo totalmente anticuado.

Con cualquier tipo de liberalización, el búnker tenía probabilidades de perder y los aperturistas de ganar. Los aperturistas deseaban adaptar las formas políticas del régimen a uno de los aspectos, al menos, de la cambiante realidad española, es decir, el surgimiento de un capitalismo a gran escala, tanto nacional como multinacional, fuerza económica dominante del momento. Esa realidad traía consigo la creciente irrelevancia política de las fuerzas del búnker.

Después de todo, la guerra civil había sido ganada por una coalición de fuerzas derechistas, surgidas en respuesta al equilibrio de poder socioeconómico predominante durante la II República. Así, los objetivos principales del régimen político instaurado por esa coalición fueron la protección de las estructuras de pro- piedad de la tierra existentes y un control férreo sobre los proletariados rural y urbano derrotados en la guerra. Estas tareas fueron llevada a cabo por una burocracia político-militar formada por esos miembros de las clases media y trabajadora, que constituía la clase de servicio del franquismo. Por diversas razones, tales como la lealtad geográfica durante la guerra, por convicción ideológica genuina, por oportunismo o por necesidad, se trataba de gente que compartió la suerte del régimen y que quedó ligada a éste por lo que Raymond Carr ha llamado un pacto de sangre, la red de corrupciones y complicidades a lo largo de la gran represión durante los años del hambre. La función de estas fuerzas fue bastante evidente entre 1939 y 1959, pero en 1969 estaba comenzando a ser cada vez más discutible.

Después de la guerra civil, los burócratas sindicales de la Falange, apoyados por el poder armado de las fuerzas del orden, sirvieron concienzudamente a su jefes disciplinando a la clase trabajadora y a los campesinos a través de los sindicatos corporativos. Puede pensarse que la adopción de semejantes estructuras políticas por parte del franquismo, a fin de conservar el equilibrio socioeconómico de la España anterior a 1931, llevaban consigo la semillas de su propia destrucción, si bien esto no fue evidente hasta después de 1969.

Si antes de 1959, los sindicatos oficiales y el peso de las fuerzas represivas resultaron ventajosos para las clases económicas dominantes, hacia 1969 el desarrollo económico que éstas habían en parte propiciado, comenzaron a hacerlos innecesarios. La legislación laboral represiva, con los elevados márgenes de beneficios que permitió, había hecho de España un lugar extremadamente interesante para los inversores extranjeros, fomentando la emigración al extranjero o a las nuevas ciudades industriales de la propia España, el crecimiento económico disminuía la intensidad del conflicto fundamental de la España de los años treinta y cuarenta entre la oligarquía terrateniente y lo que era un verdadero ejército de jornaleros desesperados. A fines de los sesenta, las clases terratenientes habían quedado desplazadas del poder por el sector financiero e industrial, más dinámico.


(*) De Sergéi Guennádievich Necháyev (1847-1883), revolucionario ruso ligado a Bakunin, autor de un Catecismo Revolucionario que constituía un programa para la subversión total de la sociedad y un manual de acción nihilista. Creó una vasta organización secreta, la Venganza del Pueblo, que impuso su autoridad absoluta, intimidando a los militares por el terror y propugnando contribuciones forzosas y el robo para garantizar la financiación de la organización. Sus métodos lo desprestigiaron y hubo de huir. Finalmente fue condenado a prisión por el régimen zarista.

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