7. Reacción


La tensión no se limitaba a las calles e iglesia españolas. Reinaba cierto malestar también en el ejército por haber sido elegido como blanco del descontento popular al pedírsele su colaboración para resolver los problemas que, según los militares, habían sido causados por la incompetencia de los políticos. El malestar del cuerpo de oficiales se expresaba a través de la denuncia contra todos los enemigos tradicionales del régimen de Franco --estudiantes, obreros, curas rojos e intelectuales--, pero, de manera muy significativa, se dirigía también contra los tecnócratas del Opus Dei del Gobierno, cuya tibia liberalización era considerada responsable del deterioro de la situación.

Dada la condición del ejército como pariente pobre del régimen, los oficiales, que tenían pagas bajas y ascensos lentos, se resentían ante el aparatoso estilo de vida de los tecnócratas. Su resentimiento instintivo halló justificación moral durante el escándalo Matesa. En sus sentimientos sobre el Opus Dei y sobre la farsa del juicio de Burgos estaban plenamente de acuerdo con el búnker. El 14 de diciembre, un grupo de coroneles y generales, dirigidos por el capitán general de la I Región Militar, Joaquín Fernández de Córdoba, se reunieron secretamente en el capo de tiro de Carabanchel para tratar de la situación, llegando a la conclusión de que no se debería tolerar ninguna otra manifestación de la oposición y se envió una delegación a El Pardo para informar a Franco.

La consecuencia fue una reunión extraordinaria del Consejo de Ministros, convocada por Franco. Con López Bravo y López Rodó ausentes, una mayoría entusiasta urgió a Franco para que diera satisfación al ejército y aplastase la agitación. Se suspendió el habeas corpus por seis meses. La victoria de los ultras abrió el camino a una contraofensiva masiva del régimen. Irónicamente, todo esto no hizo sino revelar más claramente las crecientes disensiones en el seno del franquismo.

El 16 y 17 de diciembre se produjeron manifestaciones de masa en favor de Franco, organizadas en Burgos y en Madrid. Los manifestantes, provenientes del medio rural castellano, fueron metidos en autobuses y se les dio la paga de un día y unos bocadillos. La organización del día de afirmación nacional fue realizada por un comité, reunido precipitadamente, compuesto por los duros del régimen, camisas viejas, oficiales del Ejército y ministros desplazados en su día por los tecnócratas del Opus. Así pues, las frases y slogans de los manifestantes se destinaron tanto a insultar al Opus Dei, a los Gobiernos débiles y a Juan Carlos, como a defender a Franco de los rojos, de los trabajadores, de la ETA y de los Gobiernos extranjeros. A lo largo de la siguiente semana hubo una serie de manifestaciones dirigidas desde arriba y una formidable campaña de prensa. Dada la renovada gravedad de la represión, la oposición prefirió permanecer silenciosa.

Carrero Blanco se apresuró a demostrar que no había sido salpicado por el liberalismo del Opus Dei. En un discurso en las Cortes, el 21 de diciembre, derramó toda clase de elogios al ejército y prometió que tomaría severas medidas. La determinación de reconquistar el terreno perdido durante el juicio de Burgos quedó reflejada en la sentencias. El coronel Ordovás había estado en contacto con el general Fernández de Córdoba. El general García Rebull, capitán general de la VI Región militar, había recibido la visita de numerosas delegaciones de oficiales que le pedían imponer una línea dura. Por consiguiente, las sentencias anunciadas el 28 de diciembre difícilmente pudieron ser más duras. Las seis sentencias de muerte pedidas desde el principio fueron confirmadas y, además, otros tres acusados fueron hallados culpables de dos delitos capitales cada uno y fueron, por tanto, condenados a dos penas de muerte. En total hubo nueve sentencias de muerte, quinientos diecinueve años de cárcel y multas por valor de 1.500.000 pesetas.

Ante una campaña internacional masiva, Franco anunció que condecía el indulto. Este, sin duda, había sido decidido de antemano, debido a las presiones de Alemania Federal. En su tradicional discurso de fin de año, Franco hizo saber que, ante el ingente plebiscito favorable al régimen, la clemencia quedaba justificada, pero también se salió de lo acostumbrado al alabar al ejército por su patriotismo, por haber aprobado las sentencias. En un asunto que puso de manifiesto claramente la rivalidad entre el Opus Dei y los duros del régimen, Franco fue un árbitro hábil, apaciguado al búnker con unas condenas feroces y a los aperturistas con los indultos. Como era propio de su estilo, castigó a algunos oficiales que habían hablado demasiado abiertamente contra el Opus, pero premió a otros, como García Rebull, que obtuvo la I Región Militar, y Carlos Iniesta Cano, que fue nombrado director de la Guardia Civil.

6.-El juicio de Burgos 8.-Inmovilismo